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Resumen
Los teólogos afirman que, cuando Dios creo al hombre al infundir en él el soplo divino, le otorgó en ese momento el don de la sabiduría infusa, es decir, el conocimiento pleno de la ciencia sin necesidad de estudiar y al mismo tiempo, el dominio sobre el reino animal y los bienes de la tierra. Así, al otorgarle este don, el hombre portaba sobre su cabeza un aura luminosa, signo de la sabiduría que el Creador le había otorgado.
El Creador sólo le impone al hombre un mandamiento de obediencia: <<De cualquier árbol del jardín puedes comer, más del árbol de la ciencia del bien y del mal.
Sabemos lo que después ocurre, del diálogo entre la mujer y la serpiente en el cual ésta insta a la mujer probar del fruto prohibido, quien lo prueba y da a su marido que también lo come y así se da la transgresión a esta prueba y de la sentencia que el Señor impone al hombre, lo expulsa del paraíso para evitar que coma del árbol de la vida.
Así, el hombre pierde ese don y del aura sólo quedó el cabello, como remedo de ésta. A partir de entonces el hombre ha tenido que procurarse su sustento, su cobijo y por ende, el estudiar para adquirir el conocimiento.
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